Adolescencia: la advertencia que no podemos ignorar
Por: Sofía Sánchez de Tagle @mama1diaalavez
Todos los que hemos visto Adolescencia estamos hablando de ella.
Esta serie ha provocado una conversación valiosa, incómoda y profundamente necesaria.
Lo valioso no siempre es fácil de ver, digerir o aceptar. A veces lo valioso nos sacude, nos aterra, nos rompe el alma. Y ese es justamente el regalo que nos da esta serie. Un análisis profundo de la psicología humana y de los fallos de todos los sistemas que deberían existir, para ayudar y proteger a nuestros hijos.
Es una serie que nos atraviesa, porque se exponen las emociones más crudas y las conversaciones más difíciles y honestas. Podría decir que la "desconexión" es el corazón de la serie.
Nos invita a cuestionarnos, a tomar conciencia del papel fundamental que tenemos como madres y padres en la vida de nuestros hijos. A observar, con humildad y honestidad, si somos nosotros quienes los alejamos poco a poco con nuestra falta de presencia, nuestra desconexión o nuestro deseo de controlarlo todo. Se expone a flor de piel la soledad y la falta de entendimiento que sienten estos niños, porque a los 13 años siguen siendo niños. Se muestra lo fácil que es manipularlos, engañarlos, transformarlos y destrozarlos.
No podemos culpar únicamente al sistema educativo o a las redes sociales por las decisiones que toman los adolescentes. Pero sí podemos tomar conciencia de que, para muchos, la escuela es un lugar oscuro. Y que el acceso a redes sociales, plataformas y espacios digitales nocivos —dentro de este monstruo que es el Internet— puede robarle vida a nuestros hijos y robarnos a la vez protagonismo en su mundo interior. Esta serie es una invitación a no rendirnos y a no soltar ese vínculo con nuestros hijos, a no dejar que sus compañeros, la subcultura tóxica y el mundo digital que no conoce de responsabilidad, se vuelvan su referente sobre lo que importa en la vida.
También nos pone cara a cara con temas que casi no se tocan o términos que muchos no habíamos escuchado: la manosfera (estos espacios digitales donde algunos hombres discuten sobre género, relaciones o masculinidad desde discursos misóginos y peligrosos, como los Incels o Red Pill). También la masculinidad tóxica, el acoso online, el bullying y la profunda crisis de identidad que viven tantos niños hoy.
Esta es una invitación también a no entrar en pánico, porque el pánico nos paraliza. Si realmente queremos transformar algo —en nuestras casas, en nuestras escuelas, en nuestra sociedad— debemos hacerlo desde la conciencia, no desde el miedo.
Debemos ser conscientes de nuestra parte de responsabilidad y tomar decisiones a diario, que se puedan alinear para proteger a nuestros hijos. Escuché la entrevista que le hicieron al actor que actuó como el papá de Jamie, en el show de Jimmy Fallon. El dijo “¿Qué pasaría si todos fuéramos responsables, en este contexto, de lo que les sucede a nuestros hijos?”
Y me lo pregunto en serio:
¿Qué pasaría si cada uno de nosotros asumiera su parte de responsabilidad?
El tema central son los niños. Sí, necesitamos con urgencia hablar de nuestros niños. Y necesitamos hablar con ellos.
Pero también necesitamos hablar de nuestras niñas.
Ese fue un “detalle” que se dejó pasar en la serie.
Tenemos que hablar del miedo con el que muchas niñas caminan cada día.
Del dolor de las familias que han perdido a sus hijas, también asesinadas por niños de su edad.
De qué hay en la mente de una niña que envía una foto semidesnuda a sus compañeros.
De qué estamos normalizando. De qué silencios estamos siendo cómplices.
Para mí, una de las cosas más devastadoras de esta serie son todas las oportunidades que se perdieron.
Las veces en que se pudo intervenir y desafortunadamente no se hizo.
Porque romper patrones no es suficiente.
Porque creer que nuestros hijos están seguros detrás de la puerta de su cuarto, tampoco lo es.
No podemos permitir que sea el Internet quien críe a nuestros hijos, en formas que no vemos, que no entendemos, para las cuales ellos no están preparados.
Esta serie no solo muestra un crimen, ni el drama que lo rodea.
Es una advertencia.
Una súplica para que no miremos a otro lado.